Bibliotecas y pueblos originarios – América Latina: problemas y soluciones

América Latina: problemas y soluciones

Bibliotecas y pueblos originarios


 

Una historia entre nieblas

El escritor uruguayo Eduardo Galeano tituló a uno de sus más famosos libros "Las venas abiertas de América Latina". Sólo aquellos que han visto de cerca la realidad social latinoamericana comprenden que no usó una metáfora. Los pueblos de este enorme continente ocultan, tras su natural alegría, pasión y entusiasmo, centenares de heridas abiertas que nunca terminan de cerrarse.

Antes de la llegada de los europeos a territorio americano, las sociedades aborígenes –muchas de ellas conformando altas y riquísimas culturas– no vivían precisamente en paz y armonía. Las "leyendas rosas" divulgadas por escritores, historiadores y movimientos indigenistas latinoamericanos distan mucho de reflejar la realidad dura y conflictiva en la que vivían esas comunidades, la cual es propia de cualquier grupo humano en cualquier punto del planeta. Se mataba y se moría por poder, se dominaba y se conquistaba, se invadía y se explotaba.

Sin embargo, la conquista europea trajo a América –como más tarde llevaría a otros continentes– un esquema social, económico y político que perduró por siglos y que sumió al continente entero en las sombras: el colonialismo.

Basado en la coerción militar, en la negación cultural, en la violenta eliminación de poblaciones completas y en la destrucción sistemática de estructuras socio-políticas, ambientales, económicas y productivas pre-existentes, la conquista y colonización de América logró someter a millones de personas a un régimen que rozó el esclavismo, conformando, a la vez, una elite poderosa que dirigía los destinos de individuos y territorios de acuerdo a sus intereses materiales.

Generalizar es una equivocación, y creer en esta "leyenda negra" como en algo absoluto sería tan erróneo como dar crédito a su par "rosa". Cientos de culturas originarias sobrevivieron hasta nuestros días y, en algunos aspectos, los sistemas locales y extranjeros se fusionaron en forma inigualable, dando lugar a nuevas identidades regionales que asumieron lo mejor –y lo peor– de sus predecesoras. Millares de individuos lucharon por la justicia y el bienestar de sus sociedades, y muchos llegaron al sacrificio propio en aras de sus ideas de libertad e igualdad.

A lo largo de ese proceso de fusión e interminables luchas, se fueron sentando las bases de una nueva estructura social: elites europeas o europeizadas de comerciantes y políticos terratenientes, educados y conservadores, descollaban sobre una enorme base de campesinado indígena, negro, mestizo y mulato que se ocupaba de hacer producir las tierras que, antaño, pertenecieran a muchos de sus ancestros.

 

¿Independencia?

El minero andino, el campesino centroamericano, el gaucho pampeano o el esclavo de las plantaciones caribeñas compartían un mismo origen indígena y un mismo destino: extraer beneficios de la tierra y de las manufacturas e industrias y destinarlos a los cofres de las clases altas. La falta de educación, de formación y de instrucción básica de estas mayorías era notable, y les impedía, por cierto, planificar un futuro mejor o buscar caminos alternativos. A pesar de todo, nunca dejaron de intentar lograr mejoras en sus condiciones de vida: durante los tres siglos de ocupación por parte de la corona hispana, las rebeliones populares (especialmente las nativas) fueron violentísimas, y los resultados, tristemente dramáticos [i].

Los primeros libros editados en América eran catecismos católicos usados para la evangelización de los pueblos locales, y gramáticas de lenguas indígenas empleadas principalmente para traducir tales catecismos [ii]. Se dominaba con la espada y se amansaba con la cruz, y con el Libro se enseñaba a poner la otra mejilla a gentes que no fueron consideradas como seres humanos racionales –y por ende, sujetos de derecho, no esclavizables– por las leyes españolas hasta mediados del siglo XVI [iii]. Los libros llegados desde Europa –difusores de las ideas en boga en aquel continente– eran bienes escasos y muy preciados, y fueron los que comenzaron a esparcir, a fines del siglo XVIII, ideas revolucionarias en los estratos alfabetizados de las sociedades latinoamericanas.

De tales estratos, fueron los criollos –descendientes de españoles nacidos en América– los que iniciaron las rebeliones contra el poder imperialista ibérico. Miembros de una clase media acomodada, educada y liberal, y movidos por las ideas de la Revolución Francesa (además de por sus intereses propios), estos individuos encendieron la hoguera idealista y combativa que haría arder el continente entero durante la primera mitad del siglo XIX y que desembocaría en la constitución de los actuales estados nacionales independientes.

Sin embargo, y si bien la educación, la imprenta y el libro se extendieron, y con ellos la alfabetización, la cultura, el desarrollo y la recuperación de tradiciones regionales, los eternos oprimidos siguieron en su sitio. Se habían liberado de muchos yugos, ciertamente, pero las nuevas sociedades nacionales –que pronto olvidaron sus ideales igualitarios y libertarios y crearon nuevas elites de poder extranjerizadas– continuaron manteniéndolos en la misma situación. Incluso se los despreciaba, en comparación con la refinada cultura europea: lo tradicional y popular era una tosca curiosidad; la realidad campesina era vulgar e inferior; los reclamos laborales, rebeliones de pobres desgraciados; las reacciones violentas, bandidaje que debía ser duramente castigado...

Docenas de movimientos populares se levantaron en América desde finales del siglo XIX hasta nuestros días, especialmente cuando el poder local –que siguió siendo siempre sirviente leal de poderes europeos y norteamericanos– era tomado por manos militares. Campesinos, desposeídos, intelectuales, idealistas y muchísimos sacerdotes se agruparon en torno a grandes figuras que hicieron historia y que fueron, lentamente, implantando algunos cambios definitivos. La instrucción, entretanto, se propagaba de la mano del libro, la escuela y la biblioteca, y no sólo se difundió cultura, sino nuevas ideas, cortando cadenas y esposas, descubriendo ojos y oídos, eliminando mordazas y liberando mentes de ataduras seculares [iv].

Surgieron los grandes héroes populares: Zapata, Sandino, Preste, Torres, Guevara, Castro... y miles de luchadores anónimos que cayeron en los combates o que desaparecieron en las épocas turbulentas de dictaduras y guerras sucias. También surgieron los que lucharon con el canto, la palabra y las ideas: escritores, músicos, poetas, pintores. Todos ellos reflejaron el alma del pueblo, de un pueblo dolido que nunca aprendió a rendirse.

La historia siguió su curso, lenta e inexorablemente, y las estructuras, de una u otra forma, intentaron mantenerse. Las voces nunca callaron, aunque fueran silenciadas con balas y torturas, o amordazadas con censuras y destierros. Nunca callaron porque el sufrimiento y la injusticia nunca cesaron. Cinco siglos igual: nuevas formas y protagonistas para viejas estructuras.

 

Sombras y luces de hoy

América –la protagonista de toda esta historia– es un continente vigoroso, con una producción intelectual y creativa imponente y avanzada, con industrias propias y recursos inmensos. Pero, socialmente, es un continente eminentemente rural y campesino, aunque gran parte de su población se hacine alrededor de grandes núcleos urbanos, viviendo en condiciones precarias, entre la pobreza y la marginalidad de las que esas gentes intentaban escapar cuando dejaron el campo, la selva o las montañas. La realidad social es demasiado compleja como para reflejarla en unas pocas líneas, pero, básicamente, las ciudades exhiben poblaciones marginales que subsisten en niveles alarmantes de pobreza, y los espacios rurales son territorios a los que escasamente se presta atención en su faceta humana.

Los problemas son los mismos: en las ciudades, falta de trabajo, exclusión social, ausencia de educación y planificación familiar, delincuencia, drogadicción, pérdida de identidad y violencia; en las áreas rurales, problemas sanitarios, analfabetismo, pérdida de la cultura local, pobreza y desnutrición, explotación laboral, violación de derechos y discriminación de minorías. El trabajo social más urgente está dirigido a paliar el hambre, las enfermedades y la violencia, intenta mejorar las condiciones ambientales y la vida comunitaria (con especial énfasis en mujeres y niños) y trata de implementar proyectos de desarrollo de base para generar alternativas válidas de crecimiento local.

Lo urgente no debería significar el olvido de lo importante. Sin embargo, los esfuerzos nacionales se han concentrado mayoritariamente en solucionar aquello que consideran de extrema urgencia, posponiendo eternamente la atención a los puntos de importancia, entre los cuáles la (in)formación se cuenta como uno de los principales. En este aspecto, los sistemas de escuelas y bibliotecas reflejan debilidades seculares que nunca terminan de solucionarse.

Concretamente en el contexto bibliotecológico, la ausencia de programas de alfabetización, educación, formación laboral e información legal y sanitaria (o la debilidad de los existentes) dentro de las bibliotecas es palpable tanto en el ámbito rural como en el urbano. Este problema se plantea como uno de los principales desafíos de los gobiernos nacionales, quienes, además de padecer (y perpetuar, en ocasiones) debilidades y errores internos, sienten la brecha digital en sus propios territorios (y fuera de ellos) y se enfrentan con una Sociedad del Conocimiento y la Información que jamás detiene su frenética carrera y que nunca espera por los rezagados.

Este panorama –ciertamente oscuro– no excluye la existencia, en América Latina, de iniciativas y propuestas institucionales valiosas y exitosas. Las experiencias de desarrollo social (y, puntualmente, las educativas y bibliotecológicas) llevadas a cabo en todo el continente son impresionantes, y se destacan por su creatividad, sus excelentes logros y, sobre todo, por la obtención de grandes resultados con ínfimos recursos. Por otro lado, sería erróneo plantear que la totalidad de la población latinoamericana está sumergida en la crisis y enfrenta los problemas citados: las situaciones conflictivas y de carencia existen en abundancia, ciertamente, pero se localizan en focos concretos y, si bien su solución es ardua y compleja, no es imposible.

 

Pueblos silenciados

Las sociedades indígenas de las Américas han protagonizado, con mayor o menor intensidad, la historia del continente. Violentadas y masacradas primero, esclavizadas luego, discriminadas por sus propios compatriotas más tarde, estos grupos humanos –siempre presentes, en una u otra forma– han participado en fenómenos sociales y políticos de gran envergadura y, en las últimas décadas del siglo XX, han levantado sus banderas y su identidad en busca de justicia, de equilibrio, de igualdad y de solidaridad, reclamando su justo derecho a una vida completa, sin vacíos, ausencias u olvidos, sin etiquetas ni marcas que los marginen. Los movimientos indigenistas han florecido, a veces exhibiendo comportamientos radicales que expresan una humillación de siglos y que buscan recuperar los pasos y los tiempos perdidos [v].

Si bien sus características y reclamos necesitarían de un análisis muy profundo, deben destacarse aquí sus fuertes reivindicaciones y pedidos por conservar su identidad, su cultura, sus lenguas originarias y sus conocimientos tradicionales, y por recibir servicios de información y educación que respondan tanto a sus necesidades como a sus rasgos únicos. En este sentido, reconocen la imperativa importancia de recordar quiénes son para poder saber de dónde vienen y hacia dónde van, y la de educar a sus hijos usando sus propios métodos y su propia información relevante, sin que ello implique olvidar o rechazar los saberes y tecnologías actuales. En este campo, la biblioteca –aliada íntima de la escuela– puede y debe jugar un rol preponderante a la hora de recuperar acervos casi olvidados, de organizarlos (en formas sonoras o escritas, en las lenguas madres y las oficiales) y de emplearlos y difundirlos en todos aquellos espacios convenientes y pertinentes, de forma que los pueblos originarios puedan (re)conocerse y ser (re)conocidos, comprender(se) y ser comprendidos, expresarse y conocer otros modos de expresión.

El papel activo que deben asumir las bibliotecas a la hora de proporcionar servicios actualizados, multiculturales, respetuosos y comprometidos con la realidad que representan y a la que sirven, es parte de un rol social que todas las unidades de información y educación deben jugar en pos del crecimiento, desarrollo y bienestar de cada uno de sus usuarios. A través de ese rol, es posible construir historias futuras y evitar que se recorran nuevamente caminos ya transitados, caminos que son recordados con tristeza por las cicatrices que dejaron en la piel de muchos seres humanos.

 

NOTAS

[i] Como ejemplos indígenas pueden citarse la rebelión Quechua del célebre Tupaq Amaru II, que jaqueó al poder español del Cuzco entre 1780-1 y terminó con la cruel ejecución de sus líderes; la Aymara de Julián Apasa (llamado Tupaq Khatari, "el rebelde real") en 1781, que sitió en dos ocasiones la antigua ciudad de La Paz, y que corrió la misma suerte que la de su par cuzqueña; la de los Guaraní de las misiones del Paraguay contra las fuerzas esclavistas españolas y portuguesas ("guerras guaraníticas") en 1756, que finalizó en una masacre; los grandes alzamientos de los Diaguita ("guerras calchaquíes"), que amenazaron por años (1561-3, 1630-1637 y 1655-1667) a las ciudades hispanas del noroeste argentino, y que tuvieron un final terriblemente sangriento; o la larga rebelión de los Mapuche y otros grupos de estirpe araucana del centro-sur de Chile, quienes, si bien sufrieron importantes reveses históricos, nunca fueron derrotados totalmente. Muchos de estos pueblos, al igual que otros que no protagonizaron acontecimientos de tan gran magnitud, continúan hoy luchando por sus tierras, su identidad y sus derechos.

[ii] Ejemplos de primeras publicaciones editadas por tempranos impresores americanos son la "Breve y mas compendiosa doctrina christiana en lengua mexicana y castellana" impresa por Cromberger en 1539 seguida por una Doctrina en 1545, otra en 1546 y un "Arte de la lengua mexicana" de Fr. Andrés de Olmos en 1547; la "Grammatica, o arte de la lengua general de los Indios de los Reynos del Peru" compuesta por Fr. Domingo de Santo Tomás en 1584 e impresa por Antonio Ricardo en la Ciudad de los Reyes (Perú); el "Arte de la lengua Aymara, son una sylva de sus frases y su declaracion" de Fr. Ludovico Bertonio, impreso por Del Canto en Juli en 1612; el "Arte y gramatica general de la lengva que corre en todo el Reyno de Chile" de Fr. Pedro de Valdivia, impreso, también por Del Canto, en Lima en 1606; o los numerosos textos que salieron de la prensa itinerante de las misiones jesuíticas de la provincia del Paraguay, la cual, ya en 1705, se desplazaba de comunidad en comunidad a través de la selva dando a luz artes, vocabularios, gramáticas, catecismos y doctrinas en ava-ñe'é (lengua guaraní).

[iii] Si bien en junio de 1537 la bula Sublimis Deus de Pablo III –repitiendo la idea de otras anteriores– reconocía que los "indios" eran "seres racionales" con derecho a su libertad y con capacidad para comprender (y con derecho a abrazar "La Fe", predicada por métodos pacíficos), tal "racionalidad" continuó siendo puesta en duda por años, y fue tema central en la "Disputa de Valladolid" (1550-1), famoso debate entre Fr. Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda. Las Casas, celebérrimo defensor de los pueblos originarios de América, proclamó que los habitantes nativos del "Nuevo Mundo" eran seres humanos con almas humanas y derechos humanos; Sepúlveda –respetando una creencia religiosa medieval basada en la teoría aristotélica de la "esclavitud natural"– proclamó que no eran más que bárbaros irracionales que, por ende, podían ser hechos esclavos, siento totalmente justa la guerra en su contra. La "Disputa" no tuvo resultado concreto; sin embargo, en conjunción con las "Leyes Nuevas" de 1542 y con otros esfuerzos de Las Casas, se logró que los duros regímenes de encomienda se suavizaran y que muchos europeos –en especial los religiosos– se acercaran a las culturas indígenas desde otra perspectiva, más humana quizás. A pesar de todo, la actitud discriminadora, racista e inhumana de considerar al "indio" como "salvaje" ha continuado en vigencia hasta nuestros días, como lo demuestran, por ejemplo, los vacíos en muchas legislaciones nacionales latinoamericanas, las actitudes populares en muchas sociedades del continente o la vergonzosa inclusión, hasta la década de los 60, de los pueblos indígenas en el apartado "Zoología" de textos escolares argentinos.

[iv] Aunque a veces esa "instrucción" fuera (y aún sea) una herramienta aculturadora, dominadora, reproductora de antiguos sistemas, discriminadora, adoctrinadora y, sobre todo, nada educadora. La escuela como institución se ha ocupado, en muchas ocasiones, de perpetuar antiguos esquemas sociales y estructuras mentales obsoletas que no hacen más que continuar encadenando a sus "educandos" a ideas de antaño, muchas de las cuáles violan abiertamente sus principales derechos. En el caso de las escuelas a las que asisten niños indígenas, es usual que se les niegue su derecho a expresarse en su lengua madre o a estudiar en su lengua y cultura original en forma intercultural y bilingüe (derecho orgullosamente proclamado por la mayoría de las constituciones de América Latina). Más allá, la escuela los margina, los discrimina y los coloca en la posición en la cual la sociedad "dominante" desea tenerlos: en la base de la estructura de poder.

[v] La realidad de los movimientos socio-políticos denominados "indigenistas" es complicada, y refleja la complejidad de su problemática. A lo largo de la primera mitad del siglo XX, muchos pueblos originarios comenzaron a recuperar su cultura y su identidad de la mano de antropólogos e historiadores que quizás no proporcionaron una información exacta del pasado de dichas culturas. Muchas sociedades indígenas se apropiaron de rasgos que, en origen, no poseían o que, desaparecidos, intentaron ser recuperados fuera de contexto. Ejemplos claros son las ofrendas a la Pachamama entre los Huarpe argentinos (que, históricamente, nunca las practicaron); el uso de lenguas desaparecidas, a partir de incompletos diccionarios coloniales, por parte de otras etnias de la región; la realización de artesanías arqueológicas por parte de supuestos descendientes mestizos de culturas extintas; o el empleo de indumentaria y símbolos pre-hispánicos por parte de grupos que jamás conocieron su uso. Esta utilización errónea de rasgos culturales antiguos quizás se explique por el intenso deseo de recuperar una identidad destrozada y enterrada por la fuerza hace siglos; sin embargo, las confusiones logradas (y su subsiguiente uso desequilibrado por parte de algunos individuos) han proporcionado a dichas actitudes una pátina de descrédito.

Otras sociedades convirtieron sus reclamos étnicos en reclamos políticos, entrando en arenas de posicionamientos de poder que desvirtuaron por completo sus reclamos y sus luchas originales. El uso de tradiciones culturales indígenas –medicina, música, arte, literatura oral– en ámbitos comerciales y turísticos por parte de individuos auto-proclamados "indígenas" (lo fueran o no) también se ha sumado a este movimiento de "recuperación" que, en realidad, sólo ha logrado desvirtuar los objetivos originales y ha causado más problemas que ofrecido soluciones.

Afortunadamente, a finales del siglo XX, verdaderos movimientos nativos –como los localizados en Chiapas (México), Bolivia, Guatemala, Perú, Brasil y el sur de Chile– han vuelto a colocar la "cuestión indígena" en su justo sitio y la han proyectado a nivel (inter)nacional, logrando resultados que, al día de hoy, si bien no son completos, son prometedores y demuestran un abordaje más serio. Debe señalarse, como último punto, que siempre existieron comunidades que, a lo largo de los siglos, ha continuado practicando y viviendo su cultura de manera cotidiana (a pesar de las numerosas prohibiciones y barreras) sin necesidad de exhibirla, proclamarla, reclamarla o teñirla con tintes políticos.

 


Foto: Pobreza en México, de Centro Público (enlace).

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