1
Bibliotecas y pueblos originarios – El rol social del bibliotecario

El rol social del bibliotecario

Bibliotecas y pueblos originarios


 

El poder de la información

La información representa poder. Poder en todas las facetas imaginables: económico, social, político... El poder para manejar recursos, para generar bienestar, para controlar vidas y para negarlas...

Un poder tan grande siempre suele permanecer en las manos de unos pocos, los pocos que, como señalaría Benedetti en su poema, buscan "salvarse". Precisamente, por todo lo que significa e implica tal poder, muy pocas veces se comparte.

El conocimiento humano es un acervo que ha sido construido pacientemente a lo largo de siglos, con el aporte de cada uno de los individuos de una sociedad. Desde que la especie humana fue capaz de organizar sus ideas en sonidos, y los sonidos en palabras musitadas o gritadas en una Babel de lenguas, la información comenzó a ser un patrimonio de cada cultura, un bien que se perpetuaba de padres a hijos, de generación en generación a través de las arenas del tiempo.

Esa información permitía recolectar las hojas que curaban una enfermedad específica, o elegir el momento propicio para enterrar las semillas en el vientre de la gran madre y esperar que la cosecha germinara. Permitía comprender el movimiento de los cielos, el lento transitar de los rebaños de nubes, el soplo del viento y el galope de las aguas. Permitía identificar las rocas que contenían el cobre, el hierro o el estaño, esos metales que luego brillarían bajo el sol antiguo, una vez forjados y pulidos en forma de herramientas o de armas.

Esa información, ese saber acumulado siglo tras siglo, puesto en práctica, corregido y mejorado cada día con el descubrimiento de nuevos fenómenos y con el nacimiento de nuevas ideas, se aprovechó para elevar desafiantes zigurat en el desierto mesopotámico, y para que las pirámides egipcias proclamaran el poder de los faraones. Ese conocimiento posibilitó que los fenicios surcaran el mar, que los coreanos cocieran la porcelana y que los chinos hilaran la seda y trabajaran el jade.

Todo ese conjunto de datos estructurados como información fue transmitido a través de expresiones artísticas y orales, y fue compartido por todas las sociedades, pues beneficiaba a todos sus miembros. Sin embargo, de forma progresiva, una parte importante de aquel conocimiento –quizás la más estratégica, la más vital– comenzó a guardarse como un secreto, en manos de aquellos que detentaban el poder. Justamente ese saber los hacía poderosos, pues lo que conservaban en sus manos era de una utilidad decisiva para el resto del grupo.

Aquellas sociedades incipientes, que lentamente iban ocupando sus lugares en la geografía y en la historia de nuestro planeta, comenzaron a tornarse estructuralmente complejas. Aparecieron pirámides de poder que organizaban a la sociedad en estratos y que colocaban a cada individuo en un nicho determinado, con unos derechos y unas posibilidades concretas. Nació el comercio, la artesanía, los tributos y la administración estatal. Y en este contexto se desarrolló una herramienta necesaria para la organización y gestión del trabajo, los excedentes y las riquezas [i]: la escritura, un sistema de codificación gráfica de aquellos conceptos y datos que, hasta el momento, se habían conservado oralmente. El volumen de información manejada era ya tan alto, que continuar usando la palabra hablada para su transmisión se presentaba como una tarea imposible.

Aquellos que aprendieron y emplearon las destrezas de la lecto-escritura (funcionarios, sacerdotes, regentes...) adquirieron un don especial: el de organizar el saber del presente y moldear el que se transmitiría a las generaciones futuras. Así, los escribas [ii] administraron los excedentes de la producción agrícola y los tributos (derivándolos hacia las arcas de los ricos), escribieron la historia (consignando la versión y la visión de los vencedores), proclamaron las glorias de los héroes y gobernantes de turno (denigrando o silenciando totalmente la de los vencidos y oprimidos) y anotaron las leyes de la tierra y las del cielo, esas que regían en el Más Allá y que, supuestamente, eran dictadas por los propios dioses. Con el tiempo las mismas letras y los mismos códigos sirvieron para que los filósofos apuntaran sus devaneos y sus pensamientos, y para que los poetas y literatos salvaran del silencio sus tragedias, sus odas y sus comedias, preservándolas para públicos futuros. La escritura conservó para la posteridad una parte –mínima– del conocimiento humano, pero al mismo tiempo creó una de las barreras más implacables que ha sufrido el hombre: el analfabetismo. Los canales orales siguieron funcionando (hasta la actualidad) pero el conocimiento y la información estratégica se encerraron para siempre en el misterio de las diferentes combinaciones alfabéticas que comenzaron a poblar el mundo. En consecuencia, conocer la escritura y controlar la información significó poder: el poder que posee el que sabe.

Los años se convirtieron en décadas, y las décadas en siglos, y fueron muchas las naciones, civilizaciones y culturas que, a lo largo de ese tiempo, dejaron las huellas de su paso por la tierra. En todas ellas, una enorme proporción de la población jamás supo escribir, o no tuvo acceso a la información estratégica necesaria para el progreso de su sociedad y para el logro de un bienestar básico. En Europa, tras la caída de Roma y sus legiones victoriosas, el saber lentamente urdido en los telares de la Antigüedad clásica se refugió en los monasterios religiosos, mientras otro saber, más práctico, era forjado en las fraguas de los pueblos hasta entonces llamados "bárbaros". Ese conocimiento permitió perfeccionar técnicas de navegación y medicina que llevaron al descubrimiento de nuevos horizontes externos e internos; permitió el desarrollo de ingenios y artefactos que mejoraron la agricultura y la industria; permitió el crecimiento y el progreso económico. Pero también permitió la creación de armas que mataran en forma más eficiente. Todo aquello que tiene un lado luminoso tiene también un lado oscuro, y el saber no iba a ser la excepción.

Las tierras que rodeaban al Mediterráneo se convirtieron en un verdadero crisol, donde los pueblos arábigos y norteafricanos, los eslavos, los nórdicos y los orientales comenzaron a fundir sus acervos tradicionales. Este periodo de gestación –que muchos consideran, erróneamente, una edad oscura– dio paso al Renacimiento del mundo europeo. Y fue durante esa etapa, cuando se difundió un instrumento de reproducción de la escritura ya empleado en tierras asiáticas desde hacía siglos: la imprenta. Con los tipos móviles popularizados por los técnicos alemanes y el papel traído por los árabes a la península ibérica, los libros comenzaron a nacer y a saltar de mano en mano, saciando una curiosidad y una sed de lectura soportada y reprimida durante siglos. Sin embargo, aún era necesario saber leer para poder tener acceso a ese conocimiento estampado en tinta azabache sobre una lámina gruesa. Y era necesario disponer de fondos para comprar esos libros que, en un principio –y hasta la revolución industrial– no fueron un bien de consumo masivo, sino un material especial que empleaban personas con cierto nivel intelectual... y algunos burgueses que llenaban sus estanterías para aparentar.

Poco a poco, los libros comenzaron a convertirse en un bien más "popular", y las ideas que transportaban en sus páginas comenzaron a iluminar miradas, a liberar mentes y manos de sus cadenas, a sembrar sueños en mentes fértiles, a pintar imágenes de mundos nuevos ante ojos que ni siquiera podían imaginar otras realidades que las que tenían delante a diario. La cultura de un mundo en ebullición comenzaba a estar al alcance de muchos más, aún cuando el analfabetismo jugaba puntos en contra de este proceso, y aún cuando el saber más valioso seguía encerrado en las cámaras de los estudiosos y los poderosos.

Los relojes de la historia dejaron correr sus arenas lenta e inexorablemente. El mundo presenció encuentros de razas y creencias, choques de acero y de pólvora, barricadas en callejones y sombrías siluetas de muerte, revueltas y rebeldes, grandes inventos e ideas tristes, héroes y villanos, estrellas de David amarillas en solapas inocentes, hongos nucleares derritiendo ciudades dormidas, lobos vestidos de corderos y corderos disfrazados de lobos, monstruos vencidos y fantasmas por vencer. De una forma o de otra, la información jugó un papel crucial en el desarrollo de todos esos acontecimientos y en la vida de sus protagonistas. Y, de una forma o de otra, y hasta cierto punto, el conocimiento valioso estuvo siempre en manos de unos pocos. El progreso, el desarrollo, el "Primer Mundo", la riqueza, el bienestar y el crecimiento sólo beneficiaron a una minoría: una enorme mayoría continuó del otro lado del gran muro de la educación, de la alfabetización, de la (in)formación, conservando a duras penas identidades y culturas e intentando sobrevivir en un mundo que los dejaba atrás, siempre atrás y abajo.

Hoy, la información se ha convertido en el eje en torno al cual gira un mundo encorsetado en un paradigma bautizado como "Sociedad del Conocimiento". La alucinante evolución de los medios de comunicación y el almacenamiento de datos digitales, han transformado el panorama mundial en todos sus aspectos, desde los políticos y económicos a los sociales y humanos. El saber puede enviarse de un lado a otro del planeta en cuestión de segundos, puede transportarse en el bolsillo grabado sobre una sencilla chapa de plástico. El saber puede envasarse, sellarse y entregarse a pedido del usuario final. Pero a pesar de tantos adelantos, avances y descubrimientos –que suenan a fábulas y a maravillas pero que son bien reales–, a pesar de tantas creaciones y de tantas nuevas puertas abiertas, el sistema y la estructura siguen igual: poco ha cambiado. Aún hay informados y desinformados, aún hay pueblos enteros condenados a la ignorancia y al silencio, aún hay analfabetos, aún hay ricos y pobres. Sólo han cambiado las etiquetas y los actores. La "Sociedad del Conocimiento" ha generado nuevos núcleos de poder, ha creado nuevas brechas y diferencias y ha inventado nuevos analfabetismos. Una gran parte del mundo –en la que las sociedades indígenas quedan incluidas– continúa a la sombra del desarrollo social y del progreso mientras los poderosos de siempre, a pesar de sus discursos, mantienen el poder en sus manos y las compañías multinacionales ponen precio al saber valioso (medicina, biología, ingeniería, agricultura, genética, informática, telecomunicaciones) y alimentan sus cuentas bancarias.

La información pasó a comprarse y a venderse, pasó a ser propiedad de aquel que puede pagarla. Los férreos derechos de autor hacen que incluso el arte y la literatura sean para los que puedan comprarlos y que la libre difusión se convierta en algo casi ilegal, a pesar de la lucha de aquellos que abogan por el acceso abierto. El conocimiento disponible en las redes digitales –abundante en cantidad y diverso en calidad– sólo puede ser accedido por aquellos que disponen de la tecnología y los conocimientos adecuados.

El poder de la información sigue estando en manos de unos pocos, y los mecanismos que reproducen este sistema se han vuelto muy sutiles. Las sociedades pobres, desaventajadas, dejadas atrás (porque para que exista el poder y el poderoso debe existir su contraparte) siguen aquí, junto a nosotros, entre nosotros, con nosotros.

Por nosotros.

 

Bibliotecarios y desarrollo social

El bibliotecario ha sido testigo de todo este proceso desde el momento en que se grabaron los primeros signos en forma de cuña sobre las tablillas de arcilla de Ur. El rol de la biblioteca ha ido cambiando a lo largo de los siglos, evolucionando y adaptándose flexiblemente a las nuevas características de las sociedades usuarias, a los nuevos formatos de materiales a conservar y gestionar, a los nuevos saberes transmitidos, a las distintas lenguas y escrituras. De mero depósito de documentos pasó a ser nido de intelectuales, refugio de clásicos en edades "oscuras", escaparate de tesoros adornados, fuente de saber básico, apoyo al desarrollo y gestora de memorias. Muchas veces ha sido cómplice del poderoso y lo ha servido. Sin embargo, muchas otras ha luchado por la alfabetización y la difusión del conocimiento, por la libre expresión y el libre acceso al saber, por la igualdad y la solidaridad.

El bibliotecario pocas veces ha sido consciente del poder que descansa en sus manos y de la inmensa responsabilidad que significa gestionarlo. Inmerso en sus actividades tradicionales de conservación y organización, mareado quizás por los cambios vertiginosos que le han traído los nuevos tiempos, el bibliotecario parece no darse cuenta del importantísimo rol que puede jugar en la sociedad actual. Con el poder acumulado en una biblioteca –no importa lo pequeña que sea–, con la fuerza del conocimiento, cualquier profesional de la información puede generar cambios y facilitar el progreso y la solución de problemas, en especial en aquellos grupos humanos que han debido soportar por mucho tiempo condiciones tremendamente desfavorables.

En resumidas cuentas, el bibliotecario puede promover el desarrollo social de una comunidad.

¿De qué se habla cuando se anota la frase "desarrollo social"? De acuerdo al Banco Mundial (Social Development to Work for the Poor, 2005 [1]) el desarrollo social "trabaja hacia cambios más positivos y sostenibles para hacer sociedades más equitativas, inclusivas y justas". La FLACSO agrega que "sus objetivos son la creación de condiciones y oportunidades para que los individuos tengan vidas largas, sanas y dignas". El Departamento de Desarrollo Internacional del Reino Unido, en su Factsheet, declara que trata de asegurar relaciones más equitativas entre personas. El Banco de Desarrollo de Asia insiste en la idea de acceso equitativo a los beneficios sociales y económicos del desarrollo. Finalmente, los expertos en desarrollo del Banco Mundial Lincoln Chen y Megnand Desai dicen que incluye bienestar fisco y psicológico, una ciudadanía sana y relaciones sociales armoniosas: no se habla sencillamente de una abundancia de bienes materiales.

Llama poderosamente la atención la continua repetición de términos como "equidad" e "igualdad" en estos documentos internacionales, identificando y reconociendo, al menos sobre el papel, una situación que, en gran parte de nuestro planeta, lleva siglos de existencia: el desequilibrio entre ricos y pobres, poderosos y desposeídos, informados y desinformados, conectados y desconectados, saciados y hambrientos, sanos y enfermos. Un desequilibrio que los pueblos indígenas han sufrido en carne propia por siglos. El desarrollo social busca paliar esta diferencia tan pronunciada, pues una sociedad justa es aquella en la que todos sus individuos poseen las mismas oportunidades para desarrollarse socialmente y para alcanzar el bienestar. Y al hablar de "bienestar" no se hace referencia sólo al económico, sino también al intelectual, el espiritual y el afectivo.

Con los servicios y elementos que la biblioteca puede proporcionar se estarían habilitando algunas vías para el logro de este objetivo.

La biblioteca puede colaborar en garantizar libertades y derechos humanos tan básicos como la educación, la información, la libre expresión, la identidad y el trabajo. Puede proporcionar herramientas para la solución de problemas de salud, violencia, adicciones y nutrición. Puede borrar todo tipo de analfabetismos, puede recoger tradición oral, puede difundir conocimientos olvidados y recuperar lenguas en peligro. Puede luchar contra el racismo y la discriminación, puede enseñar la tolerancia y el respeto, puede facilitar la integración en sociedades multiculturales. Puede dar voz a los que son mantenidos en silencio, fuerzas a los caídos, manos a los débiles. Puede demostrar la igualdad de todos los seres humanos y reconocer por igual los distintos sexos, edades, credos y razas. Puede difundir la solidaridad y la fraternidad, puede contar la historia de los vencidos, puede expresar las facetas mínimas de una maravillosa diversidad humana, puede perpetuar memorias insignificantes y grandiosas. Puede difundir el acceso abierto, puede liberar información de sus cadenas comerciales.

Y también puede enseñar a leer: a leer las leyes que nos protegen y los contratos injustos que intentan explotarnos, y las noticias que nos cuentan qué pasa en nuestro país, y la historia verdadera de las luchas de nuestro pueblo, y las técnicas para solventar nuestras carencias. Y puede enseñar a escribir: a escribir nuestro nombre y nuestros recuerdos, nuestra historia y nuestra memoria, nuestras quejas y nuestros reclamos, nuestros sueños y orgullos. Y puede enseñarnos a sumar: a sumar nuestros recursos y nuestras manos, y nuestros presupuestos y nuestras posesiones. Las posibilidades de una biblioteca –en especial, en el marco de sociedades carenciadas como suelen ser las indígenas– son amplias y ricas.

En realidad, una biblioteca puede enseñar lo que desee enseñar, porque posee el arma más potente que existe sobre la Tierra. Ese arma no se carga con pólvora, no escupe fuego, ni siembra muerte: funciona a base de información, y de ella florecen ideas, comprensión, saber, inteligencia y cultura.

 

Ideas para un rol social

El libro y la biblioteca no son el remedio total para males que tienen cinco siglos de antigüedad en América Latina. Sin embargo, pueden realizar un enorme aporte para evitar que tales males sigan reproduciéndose en el futuro, y pueden agregar su grano de arena para intentar paliar los problemas en este presente incierto. Como reza el viejo dicho, "es mejor enseñar a pescar que regalar el pescado". Las políticas paternalistas y caritativas no son saludables, ni la mejor solución para los problemas comunitarios. Los programas educativos probablemente no alcancen resultados inmediatos, pero asegurarán un mayor bienestar para las generaciones futuras, si se (re)piensan con un enfoque verdaderamente intercultural que construya, desde la propia diversidad, un espacio de comunicación entre pueblos y generaciones.

El "rol social" del bibliotecario se centra en realizar un correcto empleo de las herramientas que gestiona, en usar el poder que maneja para la mejora de las condiciones de vida de la comunidad de usuarios a la que sirve, garantizando el cumplimiento de todos sus derechos y fortaleciendo su camino hacia un mañana pleno. En este sentido, las bibliotecas "de trinchera" (públicas, populares, escolares, barriales, comunitarias, minoritarias, rurales...) juegan un rol preponderante al encontrarse en una posición privilegiada dentro de la comunidad, para comenzar a encender las chispas del cambio.

En principio, algunos puntos a tener en cuenta por los profesionales de la información latinoamericanos a la hora de asumir un rol social dentro de su comunidad y su profesión, podrían ser los siguientes:

(1) Los bibliotecarios deben conocer profundamente a sus usuarios, deben oír sus necesidades, deben reconocerlas, identificarlas plenamente, comprenderlas y construir respuestas adecuadas a ellas desde su institución. Las políticas bibliotecarias deben elaborarse para responder específicamente a las necesidades de los usuarios y a sus recursos, empleándolos en forma inteligente. En este sentido, es preciso olvidar las modas, las palabras vacías, los programas inútiles, y concentrar los esfuerzos en la misión final de toda unidad de información: el servicio. Es preciso reconocer que la distribución de recursos y bienes en Latinoamérica es terriblemente desigual. En extensas zonas de muchos países del continente no existe una sola biblioteca ni recursos para crearlas (y son, evidentemente, las zonas que más las necesitan). Y las inversiones que se realizan –cuando se realizan– se hacen sin considerar las características y las necesidades del destinatario. Es frecuente ver donaciones gubernamentales de varias computadoras en centros comunales de poblaciones mayoritariamente analfabetas, cuando ese dinero podría haberse invertido en libros y campañas de educación. Por ende, las inversiones deben ser realizadas en forma adecuada. Es común, además, que se importen, de países "avanzados" y "desarrollados", herramientas y modelos de trabajo que no se ajustan a lo que el usuario final necesita. Y es normal que todo implante de este tipo –extraño, artificial, forzado– sea rechazado por el receptor. Pocas veces tales modelos se adaptan a las realidades nacionales, regionales o locales antes de ser implementados, y, por ende, su fracaso suele ser estrepitoso.

(2) Los bibliotecarios deben despojar a sus unidades de información de toda cadena que limite, de cualquier forma, el acceso al saber por parte de sus usuarios. Deben olvidar muros y estantes y convertir sus bibliotecas en entidades dinámicas y flexibles, que salgan de sus edificios para encontrarse con sus destinatarios en las calles, en las escuelas, en las asociaciones vecinales, en las organizaciones culturales, en los barrios carenciados... Ahí es donde hace falta la información, ahí es donde pueden realizarse cambios, ahí es donde puede iniciarse el proceso de desarrollo social. Ahí, precisamente ahí, es donde residen las grandes desigualdades. Y, por ende, es ahí donde los bibliotecarios deben intentar inclinar la balanza hacia el lado más desfavorecido, ese lado que no tiene fuerzas o conocimientos para luchar con sus propias manos, por mucho que lo desee y lo busque.

(3) Los bibliotecarios deben aprender, adquirir mayor conocimiento y nuevas técnicas continuamente. Eso significa que deben abordar su profesión con la mente abierta, incluyendo en su acervo de experiencias y herramientas aquellas procedentes de otras áreas: historia, lingüística, educación, derecho... La bibliotecología no es un cuarto estanco ni un fósil museístico: es un verdadero arte, una disciplina que crece y evoluciona constantemente, como lo hacen sus usuarios. Es preciso, pues, aportar nuevas ideas, nuevos elementos que permitan a la profesión dar una respuesta adecuada a la sociedad contemporánea y a sus problemas.

(4) Los bibliotecarios son parte de su comunidad, y, como tales, no pueden desentenderse de los fenómenos que ocurren a su alrededor, en el seno de su propio grupo. Deben aceptarlos, encararlos, conocerlos y entender qué papel pueden jugar ellos dentro de los mismos. Refugiarse tras el mostrador o entre los estantes de la biblioteca sólo conducirá a vivir en una realidad virtual y ficticia, en una torre de marfil o en un museo de viejas reliquias. Ese camino llevará a la biblioteca a convertirse rápidamente en una institución completamente inútil, más parecida a un depósito de saberes anticuados y de páginas polvorientas que a la entidad viva y activa que debería ser.

La actitud a asumir puede denominarse "responsabilidad social", y puede resumirse en dos palabras: "compromiso" y "acción". Compromiso con aquellas personas que podrían necesitar nuestros servicios, para brindarles la posibilidad de preguntarse y preguntarnos por aquello que la biblioteca les podría ofrecer. Y acción consecuente con el compromiso adquirido, más allá de toda ideología, más allá de todo preconcepto o prejuicio.

La responsabilidad social de los bibliotecarios latinoamericanos aún no está plenamente desarrollada, aunque se encuentren, por doquier, ejemplos que rayan en el heroísmo. La educación bibliotecológica –con raras excepciones– contempla pobremente los aspectos populares y sociales de la profesión (esto no ocurre sólo en América Latina, pero quizás aquí sea más necesario, y, por ende, esta ausencia se note más) y no suele ocuparse de las bibliotecas "de trinchera". Estas quedan en manos de profesionales que se sienten aislados, pero que luchan valerosamente por completar o mejorar su formación y por generar, con recursos casi inexistentes, servicios que respondan a las imperiosas necesidades de su comunidad. Ejemplos claros son las bibliotecas en comunidades indígenas.

Se ha dicho en muchas ocasiones que los bibliotecarios son simples técnicos, que son neutrales y que no se inmiscuyen en cuestiones políticas. De ser así, serían profesionales que transitan un sendero al costado del mundo. Ningún individuo que viva en sociedad puede ignorar lo que ocurre a su alrededor, o puede dejar de reaccionar al respecto sin asumir una posición determinada. En el caso puntual de los profesionales de la información –con un poder tan grande para iniciar procesos de cambio y mejora– la neutralidad y la pasividad serían una triste y enorme paradoja. Una paradoja que muchos cumplen a diario, desde sus estáticos y fríos puestos.

 

Responsabilidades

La responsabilidad social del bibliotecario comienza por reconocer que el trabajo empieza en casa. Cada profesional tiene un deber ético para con su propia sociedad, donde quiera que trabaje, donde quiera que desee y quiera ayudar. La ayuda externa, las teorías, los largos artículos y las buenas ideas pueden colaborar; pero el detonante es reconocer que cada profesional tiene ese deber; que se debe a su comunidad, a su región, a su país, a su cultura y a su gente; que el cambio –pequeño, ínfimo– es posible, y que esa posibilidad está en sus manos.

A partir de ese punto, hay que sumergirse en el problema, conocerlo, saber quién es esa gente, cuáles son sus necesidades reales y sus expectativas de futuro, cuáles son sus recursos y sus posibilidades, y cuál es el mejor camino para ellos... según ellos. No se trata de ser héroes con grandes soluciones salvadoras: eso será rechazado o terminará fracasando. Se trata de no hacer tanto hincapié en las estadísticas y de empezar a dar más valor al lado humano de la historia, de usar observación participante, investigación-acción, descripción densa e historias de vida, por ejemplo, y de interpretar con sentido común y utilizar con sensatez las cifras oficiales. Se trata de integrarse en el problema, de sentirlo en la propia carne y en la propia piel. En definitiva, pretendemos proporcionar soluciones desde un punto de vista de desarrollo de base: ¿qué se necesita? ¿Qué se desea hacer? ¿Cómo hacerlo? ¿Con qué objetivo? ¿Qué futuro se desea construir? ¿Sirve lo que se tiene o lo que se quiere dar?

Y las soluciones... jamás cambiaran toda la realidad. Cambiarán fragmentos, facetas, pequeñas porciones. Y eso ya será un milagro. Conviene aceptar esta situación desde el principio: las grandes soluciones no existen, no funcionan. Una realidad histórica no puede modificarse en unos pocos meses. Ni siquiera en años. El problema está en los cimientos, y, lamentablemente, es difícil cambiar esos cimientos sin destruir el edificio completo. Evidentemente, las perspectivas revolucionarias opinan que sí. Pero el empleo de violencia, el derramamiento de sangre de hermanos, el dolor de las pérdidas y las derrotas deberían evitarse. A veces funcionan, en algunas ocasiones son necesarias como válvula de escape para el dolor y la humillación de un pueblo sojuzgado por siglos, herido y maltratado. Pero pocas veces puede construirse algo nuevo sobre cimientos teñidos de sangre y llenos de cicatrices. Por ende, es preferible un lento –pero vigoroso y constante– trabajo de sustitución de ladrillos de los viejos cimientos, reemplazándolos por estructuras nuevas y firmes.

Las soluciones deben ser pacientes y constructivas. Se deben ofrecer las herramientas que la comunidad cree que necesita, enseñar su uso (el correcto empleo) y acompañar a los destinatarios en el camino del desarrollo, para que estos instrumentos realmente funcionen y beneficien. Se trata tan solo de eso: de escuchar y de acompañar suavemente, amigablemente. Puede ser un trabajo de años, pero es la única forma de lograr y cambiar algo. Miles de pequeñas experiencias en todo el continente avalan esta idea.

 

Bibliotecas y pueblos indígenas

Los pueblos originarios –entre otros sectores étnicos y sociales– representan amplios colectivos de usuarios que necesitan ser escuchados y acompañados con visiones desprovistas de lástima o ingenuidad, realistas y solidarias. Dentro de este marco de realismo, la creación de espacios y canales de recuperación y suministro de conocimiento estratégico puede convertirse en una propuesta con potenciales insospechados. En efecto, la información representa, para las sociedades originarias, el mismo caudal de poder que para sus compatriotas no indígenas, al igual que la educación, la formación, la libre expresión, la recuperación de memorias y el uso de su acervo cultural tradicional…

Sin embargo, las particularidades culturales –especialmente las lingüísticas y educativas – de los grupos aborígenes, y sus dificultosas situaciones socio-políticas y económicas, componen una barrera para el acceso a la información en cualquiera de sus formatos. En general, instituciones como escuelas o bibliotecas suelen presentarse como espacios escasos en los que, más allá del limitado encuentro cultural y social, se destacan conflictos, crisis, ausencias y carencias de envergaduras importantes. Concretamente, las bibliotecas destinadas a comunidades originarias suelen ser instituciones pocas veces pensadas específicamente para dar servicios a sus destinatarios, que cuentan con pocos recursos materiales y documentales (o con colecciones poco pertinentes), con personal no capacitado para responder a las necesidades de los destinatarios y con actividades que pocas veces tienen vínculos serios con las realidades, intereses y requerimientos de los usuarios. En general, dentro de las comunidades indígenas –tanto rurales como urbanas– no suelen existir bibliotecas o espacios similares, y, cuando existen, no sirven a su público y, por ende, se convierten en lugares inútiles. En ocasiones, se intenta implantar modelos de bibliotecas públicas, populares o comunitarias dentro de locaciones indígenas, pero tales intentos solo pretenden insertar artificialmente una institución ajena a la realidad y a las búsquedas de la población usuaria. El fracaso de tales propuestas suele ser estrepitoso.

Las experiencias bibliotecarias implementadas en comunidades indígenas, si bien valiosas, han sido escasas. En pocas ocasiones se han diseñado servicios bibliotecarios pensados, de manera específica, para usuarios aborígenes, tomando en cuenta sus rasgos, opiniones, ideas y problemas. Muy pocas veces se ha incluido a los usuarios en el planeamiento de los servicios (educativos o informativos), o en la selección y/o producción de los documentos. Pocos destinatarios nativos han participado del trabajo como recursos humanos. En definitiva, la biblioteca en las comunidades originarias –cuando existe– ha asumido un rol meramente colonizador, perpetuando políticas, posturas y perspectivas decimonónicas, que han sido también preservadas, en gran parte, por la escuela y otras instituciones oficiales.

Una propuesta ideal permitiría el crecimiento y la solución de situaciones críticas en el seno de las sociedades indígenas. Abriría puertas para la formación y la información, para la recreación, para la revitalización de culturas, lenguas e identidades frágiles. Permitiría la reconexión de antiguos lazos en el interior de los grupos, y entre las personas y su medio ambiente. Facilitaría la búsqueda de caminos que permitiesen la salida de encrucijadas económicas y sociales peligrosas. Y garantizaría un gran número de derechos humanos básicos, como el de la libre expresión y el del libre acceso a la información.

 

De despertares y caminos...

Todas las palabras que puedan decirse o escribirse acerca del rol social del bibliotecario –o de cualquier otro profesional– son completamente inútiles y estarán completamente vacías de significado mientras no se las vincule íntimamente con una acción real, con un trabajo comprometido en, con y para la realidad, un trabajo basado en un profundo (re)conocimiento de los problemas vividos y de las soluciones buscadas. Una labor que sea realizada por mentes abiertas, que vayan mucho más allá del mero dicho y se comprometan con los hechos.

La biblioteca puede lograr que el poder no permanezca en las manos de unos pocos. Puede proporcionar cierto equilibrio a un tablero eternamente desequilibrado. Puede derribar murallas y tender puentes para salvar precipicios cavados desde hace milenios por intereses superiores. Puede hacer que los hombres finalmente logren mirarse a los ojos, de igual a igual, como hermanos que son.

En realidad, no puede hacerlo. Debe hacerlo.

Hay mucho trabajo por hacer a nuestro alrededor. Dejemos de hablar, dejemos de mirar como espectadores inertes... y hagámoslo. La propuesta es dura y difícil: probablemente, deberemos involucrarnos en situaciones sociales violentas, dolorosas y desagradables; deberemos ser testigos de tristezas y problemas; quizás deberemos viajar kilómetros sin otra ayuda que nuestra propia voluntad; deberemos cambiar nuestra propias creencias, ideas y estructuras mentales, éticas y sociales; y, sobre todo, deberemos aprender de nuevo, por completo, nuestra profesión, las teorías que nos enseñaron en clase, las herramientas, los métodos...

Todo ello, por un cambio que quizás nunca llegue, por un resultado que quizás nunca obtendremos. Pero estaremos apoyando a un pueblo –el latinoamericano– y a unos grupos –las sociedades indígenas– que llevan luchando mucho tiempo, que nunca olvidaron, que necesitan de manos para levantarse nuevamente y reconocerse libres e independientes, por una vez en su historia, de todas las manos que los han mancillado a lo largo de siglos. Pueblos que soñaron y derramaron su sangre por esa libertad siempre postergada. Pueblos que siguen recordando a los héroes que los conmovieron con sus actos e ideas. Pueblos febriles y apasionados como pocos, que desean el progreso pero que pocas veces encuentran el camino o las puertas abiertas. Pueblos con proyectos que, como todo grupo humano, también caen. Pueblos prisioneros de sus historias y sus realidades, dueños de culturas riquísimas, de patrimonios ancestrales y de muchísimos recursos, recursos que hoy alimentan las arcas y el desarrollo ajenos.

Muchos bibliotecarios ya han reconocido su poder y su deber y han asumido un rol social activo, creativo, imaginativo, consecuente y solidario. Muchos han despertado de un sueño de siglos, han derribado los muros de sus bibliotecas, han desencadenado los estantes, han armado barricadas entre ellos y han hecho llegar libros y saber a cada rincón de sus comunidades. Muchos bibliotecarios gritan y sueñan, reconocen la dolorosa realidad que los rodea y buscan soluciones para los problemas y las necesidades de sus usuarios trabajando a su lado. Muchos se organizan, investigan, proponen, construyen, dialogan... Muchos se manifiestan, protestan, se quejan y convierten sus lugares de trabajo y sus vidas en verdaderas trincheras, peleando por la paz –triste paradoja–, la justicia, la libertad, la igualdad y la esperanza.

Muchos, con sus actos y su trabajo diario, demuestran que la utopía no ha muerto. Y mientras exista la utopía, existirán motivos para seguir adelante.

Las bibliotecas deben intentar desatar las mordazas y derretir las cadenas de miles de mentes, y empujar a muchos a comprometerse en esta lucha sin armas pero armada de sabiduría, que presenciamos a diario y de la cual somos parte fundamental desde su inicio, allá en el amanecer de la historia.

Vale la pena intentarlo. Basta dar el primer paso y tender la mano: un enorme continente la necesita y la espera.

 

Bibliografía

[1] The World Bank (2005). Putting Social Development to Work for the Poor. An OED Review of World Bank Activities. Washington: The World Bank.

[2] Vid. Granel Parra, M. (ed.) Encuentro Latinoamericano sobre la Atención Bibliotecaria a las Comunidades Indígenas. México: CUIB, 2002, y Memoria del Segundo Congreso Nacional de Bibliotecas Públicas: Estrategias y proyectos para el desarrollo. Guadalajara (México): CONACULTA, 2002.

 

NOTAS

[i] Es interesante revisar las teorías arqueo-históricas de J. N. Wilford, que señala que el origen de la escritura está relacionado con motivos políticos y administrativos. El texto del autor estadounidense se titula "Who began writing? Many theories, few answers", fue publicado en The New York Times (versión web, sección Science (06.04.1999)).

[ii] En una carta satírica incluida en el papiro egipcio Anastasi I (elaborado en la época de Ramsés II) se proclama, con mucha ironía y humor, "las ventajas y perspectivas de ascenso que esperaban a todos los que estudiaran con diligencia para ser escribas (lo cual estaba en contraposición con cualquier otra vocación necesariamente inferior)". Un amplio comentario de dicha carta se encuentra en el "Atlas de la Biblia" (p. 50) publicado por The Times y Plaza & Janes en Barcelona (1991) y editado por J. B. Pritchard.

 


Foto: Biblioteca de Guanacas (Colombia), de Asociación Campesina de Inzá Tierradentro (enlace).

© Edgardo Civallero | Creative Commons by-nc-nd